«Dios está en su Cielo:
¡todo va bien en el mundo!»
(Robert Browning)
1.0 Sabotaje en el molino
Para escapar de la rueda de molino hedónica debemos sabotear primero un conjunto pequeño pero perverso de mecanismos de retroalimentación negativa. Están codificados genéticamente en la mente/cerebro. Las drogas recreativas de abuso no trascienden ni subvierten esos mecanismos. Al contrario, los ponen en marcha con saña. Aun así, los euforizantes rápidos y burdos de hoy son instructivos. Nos ofrecen un vislumbre tentador de lo que podría llegar a ser el estado natural de consciencia de la humanidad si se inhibieran o eliminaran varias vías metabólicas neurales feas.
Una pista mejor sobre el futuro emocional de la vida orgánica data de principios de los años cincuenta. Los improbables conejillos de Indias fueron veteranos de un sanatorio antituberculoso de Estados Unidos. Los internos a quienes se recetó iproniazida, un fármaco inhibidor de la MAO, no solo se curaron de la tuberculosis. Tras unas semanas de tratamiento, muchos empezaron a sentirse excepcionalmente felices. Los médicos describieron a sus pacientes, quizá con demasiado color, como «bailando en los pasillos». En su mayoría, los veteranos no habían estado clínicamente deprimidos antes, sino más bien cascarrabias. Tampoco su recién descubierta euforia era simplemente una reacción comprensible a la salud recuperada. Además, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de las drogas recreativas, no apareció tolerancia al efecto secundario del inhibidor de la MAO que alegraba el ánimo, ni el consiguiente peligro de una escalada incontrolada de la dosis. Resulta, en cambio, que los inhibidores de la MAO como clase pueden inducir una reorganización benigna y duradera de varias familias de proteínas receptoras de las neuronas que intervienen en hacernos felices o tristes. Por pura casualidad, la medicina moderna había dado con las propiedades sostenidamente elevadoras del ánimo de una categoría de fármacos notable y diversa: los inhibidores de la monoaminooxidasa.
La monoaminooxidasa tiene dos tipos principales, designados sin mucha imaginación como A y B. La MAO es una enzima responsable de la desaminación de neurotransmisores monoamínicos como la dopamina, la noradrenalina y la serotonina. También desamina aminas traza como la feniletilamina, presente en el chocolate y liberada cuando uno está enamorado. La isoenzima A de la MAO desamina la serotonina, la noradrenalina y, en menor medida, la dopamina. La isoenzima B degrada la dopamina y la feniletilamina. La acción de los neurotransmisores monoamínicos sobre los receptores postsinápticos, y la cascada intracelular que desencadenan tras la transducción, desempeña un papel vital en la regulación del ánimo y la emoción. El agotamiento de las monoaminas en las vesículas sinápticas —por ejemplo, por el antihipertensivo reserpina— puede precipitar a veces una depresión grave e incluso potencialmente mortal. Los niveles elevados de dopamina, en cambio, se asocian con la euforia (hipo)maníaca.
Al modular a largo plazo la disponibilidad sináptica de neurotransmisores simples, y la consiguiente reorganización de los receptores, los inhibidores de la MAO se convirtieron en el primero de un grupo heterogéneo de fármacos clasificados de forma poco atractiva como «antidepresivos». Algunos de los mediocres productos autorizados hoy, como los tricíclicos, en general no resultan gratificantes para quienes no están diagnosticados de depresión clínica. Tienden a ser sedantes. Su acción embota, aunque sea levemente, el intelecto y la sensibilidad. La mayoría de los agentes terapéuticos tradicionales —al menos hasta el desarrollo de bloqueadores (relativamente) selectivos de la recaptación de serotonina, como la fluoxetina (Prozac), y de la recaptación de noradrenalina, como la reboxetina— son fármacos «sucios» y poco selectivos. Tienen muchos efectos secundarios molestos. Con frecuencia aplanan las emociones en lugar de ahondarlas. Varias marcas, como los antiguos inhibidores de la MAO no selectivos e irreversibles, son potencialmente peligrosas si no se siguen restricciones dietéticas rigurosas. Todos ellos, gracias al ethos puritano del estamento médico, se han probado y comercializado con el objetivo adicional deliberado de no inducir en el usuario una sensación eufórica de bienestar («potencial de abuso»). La mayoría de los «antidepresivos» actuales solo superan modestamente a un placebo en ensayos clínicos bien controlados.
Son los sucesores de estos fármacos de nombre poco prometedor —sucesores prometidos para el siglo XXI que, treinta años después, en 2026, solo se han materializado en parte—, y no los euforizantes recreativos de acción rápida de hoy, los que según se predijo liberarían a la población mundial supuestamente «eutímica» del enfermizo gueto psicoquímico que nos legó nuestro pasado genético. Tres décadas de ISRS/IRSN han confirmado lo que se señaló en 1995: la mayoría de los «antidepresivos» actuales solo superan modestamente a un placebo en ensayos bien controlados, mientras que todavía no han llegado a la clínica potentes elevadores del ánimo de acción prolongada sin tolerancia ni abstinencia. Esos agentes servirán aún como recurso provisional enriquecedor de la vida hasta que terapias génicas radicales nos permitan eliminar del todo las patologías darwinianas de la consciencia. Los euforizantes de diseño de efecto diferido anunciarán una amplia gama de tratamientos innovadores para toda clase de malestar. En conjunto, esas intervenciones curarán lo que la posteridad posthumana reconocerá como un espectro de trastornos psiquiátricos de origen genético característico de la vida darwiniana. Hoy, gran parte del tiempo, sencillamente no conceptualizamos —ni podemos conceptualizar— hasta qué punto estamos mal. Porque hay argumentos poderosos que sugieren que la consciencia cotidiana, en la medida en que no es trascendentalmente maravillosa, es síntoma de una profunda mala salud psicológica.
Esta posibilidad no se reconoce mucho públicamente hoy en día. La enfermedad mental sigue estando estigmatizada. «¡Pues claro que estoy bien! ¡No me pasa nada!», le pueden contestar a uno con brusquedad. Ser depresivo es tener la eficacia biológica mermada, un estatus bajo, ser una mala elección de pareja y, en general, poco atractivo. Así que operan mecanismos de defensa y negación autoprotectores, además de una simple falta de imaginación.
La actitud defensiva y la negación no serán necesarias para siempre. Dentro de unas pocas generaciones, la alegría embriagadora de la vida posdarwiniana normal estará genéticamente preprogramada. Una revolución reproductiva de «bebés de diseño» dejará la felicidad instalada de serie desde el útero. Los fármacos psicoactivos podrían volverse superfluos, o más bien convertirse en herramientas para investigar la consciencia y enriquecer la vida en lugar de automedicarse. Porque el bienestar puro puede llegar a ser un presupuesto profundo y natural de la vida cotidiana. Una felicidad existencial sin diluir impregnará cada segundo de la existencia en vigilia y en sueños, y todos los aspectos del cuerpo y la psique. Por desgracia, el tipo de terapia génica germinal necesaria para lograr gradientes de euforia de alto funcionamiento durante toda la vida, para todo el que crea poder llevarla, está aún lejos. En la era de transición, antes de que se despliegue la ingeniería global del paraíso, los elevadores químicos del ánimo también serán esenciales.
1.1 El programa biológico
Los grandes metarrelatos no están hoy muy de moda. La historia puede parecer, en efecto, una maldita cosa tras otra. Lo más parecido que tenemos hoy a un argumento o relato sobre adónde se dirige la vida en la Tierra suele reducirse a algún determinismo tecnológico simplón. Aun así, a continuación se esboza una posible vía por la que todas las fuentes de valor negativo podrían ser purgadas del mundo. También se vislumbran otras estrategias biológicas para la Maximización Cósmica del Valor, o simplemente para hacer a todo el mundo muchísimo más feliz. Los detalles y las variantes importan. Cada familia de opciones para naturalizar el cielo en la Tierra debe investigarse exhaustivamente, y no solo filosofarse ociosamente sobre ella. Pero es vital distinguir el objetivo general de abolir el sufrimiento de nuestros primeros y vacilantes planos de cómo debería llevarse a cabo el proyecto abolicionista. No debe permitirse que las deficiencias técnicas de cualquier cosa que se proponga aquí contaminen la estrategia general del proyecto abolicionista en sí.
Este programa biológico concreto, al menos, nace de un sentido casi desesperado de urgencia moral, no de una tecnofilia entusiasta. No es «hedonista» en el sentido popular del término. Porque vale la pena detenerse y practicar, literalmente, unos minutos de empatía sistemática. Ahora mismo están ocurriendo cosas atroces y agónicas a personas como usted, como yo y como nuestros seres queridos. El horror pleno de ciertos tipos de sufrimiento es literalmente indecible e inimaginablemente espantoso. Bajo un régimen darwiniano de reproducción «natural», las experiencias verdaderamente horribles —así como el malestar endémico de baja intensidad— son a la vez habituales e inevitables. En el capítulo 2 se argumentará la tesis moral de que hay que poner fin a esta crueldad. Pero como «deber» implica «poder», primero hay que establecer que eliminar la experiencia desagradable es realmente una opción biológicamente factible. Se argumentará que la lección de los estudios de autoestimulación intracraneal —pese a su lamentable imagen actual— es que sí. Es más difícil establecer que sea factible una dicha intelectualmente lúcida durante toda la vida, ya sea mediante fármacos diseñados racionalmente, terapia génica o ambas cosas. Pero desde la perspectiva de la teoría de la información, lo que cuenta no es nuestra posición absoluta en el eje placer-dolor, sino que seamos «sensibles a la información» ante los cambios relevantes para la eficacia biológica en nuestro entorno interno y externo. Los gradientes de dicha pueden bastar tanto para motivarnos como para ofrecer una rica red de mecanismos de retroalimentación; también lo hacen hoy, por desgracia, los gradientes de descontento darwiniano.
El plano que se expone a continuación solo traza un prototipo caricaturesco de un paraíso posdarwiniano maduro. Su esbozo de los probables avances neurocientíficos futuros bien puede estar equivocado tanto en sus pocos detalles concretos como en sus plazos previstos. Los expertos de los campos especializados correspondientes sin duda harán muecas, al menos en algunos pasajes. Porque El Imperativo Hedonista consiste en un recorrido interdisciplinar a grandes trazos por temas especializados de una complejidad abrumadora. Inevitablemente, parte de la neurociencia divulgativa es simplista hasta la parodia. También deberían arquearse las cejas ante la brevedad dogmática con que se despachan en una sola frase diversos problemas filosóficos que merecerían un libro entero. Asimismo, se pasan en gran parte por alto la multitud de problemas prácticos, médico-legales y sociopolíticos que conllevará cumplir nuestro Destino Manifiesto neuroquímico.
Estas salvedades son importantes. Pero, dejándolas a un lado, el programa biológico puede dividirse, de forma algo arbitraria, en tres etapas. Aquí se ordenan por grado de dificultad. Por suerte, las etapas coinciden también en importancia ética relativa, ya que la reducción burda del daño, la prevención de la crueldad y la abolición del dolor son más fáciles de lograr que el refinamiento de las sutilezas arquitectónicas del paraíso. Menos afortunadamente, cualquier descripción bioquímica de la mecánica de lo sublime no hace sino desfigurar la naturaleza de la experiencia misma. La prosa seudoacadémica que sigue degrada inevitablemente lo que pretende evocar. Esto se debe a las asociaciones contaminadas de cualquier término relacionado con el abuso de drogas, la ingeniería genética, la eugenesia o incluso la atmósfera emocionalmente gélida del laboratorio. Nuestra perspectiva actual sobre la biopsiquiatría utópica está sesgada. Porque nuestro sistema educativo prácticamente ignora los fundamentos neurobiológicos de toda la vida emocional. Afortunadamente, ese sistema también nos da las herramientas formales para describir nuestra situación y escapar de ella.
Lo que de verdad se necesita, más allá de meras fórmulas químicas, es una nueva red de conceptos: una guía de usuario para cartografiar los reinos mágicamente ajenos de la consciencia que nos esperan. Pero cuando esas herramientas puedan desarrollarse, a medida que se acceda a nuevos espacios de estados de experiencia, el esquema conceptual revolucionario que encarnan será menos urgente. ¡Un día quizá tengamos pensamientos como puestas de sol! Su esplendor sustituirá a la serie esquiva y fenomenológicamente pobre de tristes cosquilleos cognitivos que (al parecer) barajamos y mediante los cuales se escribe y se lee este manifiesto. Mientras tanto, el vocabulario impersonal de la química y la biología molecular es todo aquello con lo que podemos contar para comunicar cómo hacer las cosas. Un paraíso terrenal solo puede alcanzarse mediante la aplicación profana de la ciencia. La supersalud mental mundial no se logrará mediante los discursos edificantes de la religión o la magia.
1.2 Subiendo el volumen
Un ingrediente burdo pero eficaz de la etapa inicial del programa biológico consistirá en modificar el sistema dopaminérgico meso(cortico)límbico. De forma polémica, y simplificando un poco, ya que la dopamina no es en sí misma una mágica «molécula del placer», las vías de recompensa mesolímbicas desempeñan un papel íntimo en la vía final común del placer en el cerebro. La liberación neuronal de dopamina puede producirse «de forma natural» mediante mecanismos bioquímicos de transducción. Suele desencadenarse por estímulos ambientales adaptativos. Por otro lado, también puede inducirse más directamente mediante drogas recreativas. El «flash» del crack, por ejemplo, señala falsamente un enorme beneficio para la eficacia darwiniana. En cualquier caso, aunque el sistema nervioso central tiene decenas de miles de millones de células, su manantial mesolímbico de placer, motivación y libido tiene solo unas 400.000 neuronas; y está claro que eso no es ni de lejos suficiente.
Los axones y dendritas de las neuronas dopaminérgicas mesolímbicas inervan las regiones corticales superiores del cerebro. Contribuyen así a la genéticamente adaptativa «encefalización de la emoción». Este ingenioso truco ha servido diabólicamente bien a nuestro ADN, pero a menudo no a nosotros. La encefalización emocional convence a sus víctimas de que la felicidad es inseparable de la presencia o ausencia de distintos tipos de objetos intencionales, inervados de diversas maneras. Somos felices o desgraciados «por» cosas. Y no es ninguna coincidencia que la consecución de nuestros objetos intencionales de mayor carga emocional tienda a favorecer la eficacia biológica inclusiva de nuestros genes. Dicho burdamente, lo que más nos gusta es lo que es bueno para ellos.
Por desgracia, a ellos no les importamos. Nuestros genes no cuidan de sus vehículos durante mucho tiempo. En la vida adulta, la función dopaminérgica disminuye aproximadamente entre un 5 y un 10 % por década. Los niveles de dopamina caen alrededor de un 10 % por década desde el comienzo de la edad adulta, sobre todo por la reducción de la densidad de receptores y de la síntesis del transmisor, más que por una muerte celular masiva. El declive de la función dopaminérgica hace que la senectud se caracterice por una caída del impulso, la libido, el placer y la intensidad misma de la experiencia. Incluso en la juventud, la expresión más plena y bella de las células dopaminérgicas del placer se ve continuamente frustrada por la retroalimentación inhibidora. Esta procede tanto de los propios autorreceptores presinápticos de las células como de las prolongaciones de otras neuronas, a menudo menos benignas, que hacen sinapsis con ellas.
Así pues, lo que debe incluir cualquier programa de enriquecimiento sistemático de la vida es una estrategia que a la vez multiplique el número de células dopaminérgicas mesolímbicas y reduzca selectivamente la inhibición por retroalimentación sobre ellas. Es crucial actuar sobre las neuronas espinosas medianas de la corteza rostral del núcleo accumbens. Lograr, digamos, un modesto enriquecimiento inicial de cien veces en la capacidad de bienestar de un organismo no es, ni que decir tiene, simplemente cuestión de activar genéticamente una proliferación descontrolada de neuronas dopaminérgicas; aunque hay que reconocer que, como causa de muerte, un tumor de las células del placer tiene cierto atractivo caprichoso. Tampoco, por supuesto, un régimen de amplificación sostenida del placer consiste simplemente en aumentar los niveles de dopamina en las sinapsis. La estimulación postsináptica excesiva de determinados subtipos de receptores dopaminérgicos está implicada, por ejemplo, en los síntomas floridos de la esquizofrenia. La sobremarcha dopaminérgica caracteriza también los excesos psicóticos de ese egoísta definitivo que es el adicto al crack. Así que una monoterapia burda no bastará por sí sola.
1.3 El neurotransmisor civilizador
Hay un enfoque de doble vía más prometedor. Consiste en potenciar subtipos de la función tanto dopaminérgica como serotoninérgica.
La serotonina ha sido descrita como el «neurotransmisor civilizador». La etiqueta es una abreviatura mental útil. Aun así, conviene señalar que incluso esta monoamina sencilla tiene quince o más subtipos de receptores funcionalmente distintos. La disfunción serotoninérgica se asocia con irritabilidad, ira explosiva, violencia, sociopatía y suicidio. A la inversa, el sentimiento extraordinariamente profundo de amor, confianza y empatía que inspira «la penicilina del alma», el MDMA, se debe principalmente a la liberación masiva de serotonina que provoca su consumo. Solo provoca una liberación modesta de dopamina. Hace falta liberar tanto dopamina como serotonina para que los efectos inhibidores del MDMA sobre la excitabilidad neuronal provocada por el glutamato en el núcleo accumbens surtan todo su efecto mágico. En cualquier caso, el resultado de tomarse una pastilla sin más puede ser una revelación que marque toda una vida. El problema hoy es que la magia no dura.
No hay ninguna buena razón para que no dure. En la nueva era reproductiva de «bebés de diseño» que se avecina, los sistemas neuroconductuales que evolucionaron para maximizar la eficacia darwiniana de los homínidos en la sabana africana pueden rediseñarse para maximizar el bienestar personal. Entra en juego un nuevo tipo de presión selectiva cuando los futuros padres eligen deliberadamente combinaciones alélicas para un nuevo hijo, anticipando sus efectos probables. Sin embargo, hasta que pueda preprogramarse genéticamente un bienestar invencible, sería sumamente sensato desarrollar un fármaco de acción diferida y no neurotóxico, o un cóctel de elevadores sostenibles del ánimo. Un elixir de diseño de este tipo podría hacernos a todos muy felices y revolucionar nuestra arcaica concepción de la salud mental. La vida cotidiana en un Edén asistido por fármacos puede combinar, si así lo elegimos, la euforia más exaltada y amante de la vida de un potente agonista dopaminérgico u opioide mu con el amor sereno y místico de un «empatógeno» o «entactógeno» como el MDMA («éxtasis»). Los estados de pensamiento incisivo y orientado a metas pueden coexistir con un amor profundo por nuestros semejantes. Si queremos, podemos hacer que esos estados sean biológicamente naturales y, con el tiempo, innatos. Nos esperan tiempos inimaginablemente buenos.
A medida que la ingeniería hedónica se convierta en una disciplina biomédica madura, los modos genéricos de paraíso por los que optemos podrán precodificarse genéticamente. Florecerán los extáticos de nacimiento. Todos los maravillosos modelos de supersalud mental que se comentan en esta sección del IH podrían llegar a verse como prototipos simplones. Los innovadores biocielos de alta especificación que vendrán después serán mucho más ricos. Carecemos de la competencia semántica para hablar de ellos con sensatez. Pero por poco elegante que sea al principio la forma de alcanzar nuestro objetivo, el objetivo estratégico último debería ser la ingeniería neuroquímica de precisión de la felicidad para todo organismo sintiente del planeta.
¿Suena a chifladura? Sí, pero también lo pareció al principio casi todo movimiento de reforma radical de la historia (incluidos, claro está, los que eran de verdad una chifladura).
1.4 La importancia capital de la gratificación diferida
Con el tiempo, el bienestar formará parte de nuestra propia naturaleza. Una sólida red de mecanismos homeostáticos garantizará que todos los extáticos hereditarios tengan puntos de referencia hedónicos codificados genéticamente muy por encima de los raquíticos máximos actuales. En la era de transición, sin embargo, el uso generalizado de fármacos sanadores de la mente será en la práctica inevitable. La terapia génica está aún en pañales, y los ensayos clínicos de la línea germinal en humanos llevan mucho tiempo. Así que, de manera crucial, el énfasis médica y socialmente responsable de la vertiente farmacológica de la estrategia de transición biológica debe ponerse en los efectos estructurales y funcionales (relativamente) duraderos que una mezcla euforizante de recompensa diferida inducirá en el tejido nervioso de cada mente/cerebro. Los subidones recreativos de acción rápida son una trampa y un espejismo. Debemos dominar —y enseñar a nuestros hijos— el equivalente farmacológico del principio de la gratificación diferida.
El retraso en el beneficio terapéutico derivado de la reorganización de los receptores activada por los genes puede ser en realidad muy útil. No solo disminuye el desarrollo de tolerancia. Los atracones incontrolados y potencialmente nocivos de una droga psicoactiva se producen cuando apenas hay demora entre la ingestión y la recompensa. En cambio, la esperada regulación al alza o a la baja, activada genéticamente, de los receptores neuronales pre y postsinápticos en un régimen de mejora sostenible del ánimo tardará en general hasta varias semanas en completarse. Por suerte, potenciar la función serotoninérgica tiende a aumentar la paciencia y el control de los impulsos, además del ánimo.
Quizá sirva aquí una comparación con el tabaco. En su contexto actual, la nicotina es tan adictiva no por el «colocón» bastante mínimo que induce, sino por la pura rapidez con que llega su efecto, intrínsecamente suave, gracias a la forma habitual de consumirla. La «recompensa» llega unos siete segundos después de la inhalación. Si el flash orgásmico de todo el cuerpo que produce incluso el crack se retrasara unos diez días tras su consumo, la droga sería un problema social y médico mucho menor de lo que es hoy. Trágicamente, la mayoría de sus consumidores actuales parecen desconocer el concepto de recompensa diferida, o lo olvidaron hace mucho. Quizá ahora no estarían dispuestos a esperar tanto.
1.5 La genética molecular del paraíso
Una farmacoterapia estratégica para toda la especie como la que se defiende más arriba puede complementarse con la ingeniería genética, y aliarse sinérgicamente con ella, a medida que esta madure y deje de ser un mero retoque genético. La terapia génica se dirigirá tanto a las células somáticas como, con mayor previsión aún, a la línea germinal. Si se aplica con astucia, una combinación de la ampliación celular del sistema dopaminérgico mesolímbico, la mejora selectiva de la función metabólica de subtipos intracelulares clave de las vías opioidérgica y serotoninérgica, y la desactivación de varios procesos de retroalimentación inhibidora compensatorios establecerá la arquitectura biomolecular necesaria para una transición importante en la evolución humana, y en la vida misma.
Es cierto que la reingeniería de partes de los circuitos psiconeurales esbozada arriba puede parecer algo ambiciosa. Quizá suene imposiblemente futurista. Comparativamente, sin embargo, estas técnicas equivalen a una forma primitivamente torpe de retoque parcial frente al rediseño revolucionario de la mente/cerebro que probablemente se emprenderá en los milenios venideros.
Porque no solo se transformarán la calidad y la cantidad de consciencia en el mundo en las primeras etapas de la Transición posdarwiniana. A medida que la humanidad salga de la Edad Oscura psicoquímica, el enriquecimiento de la función dopaminérgica en particular agudizará la pura intensidad de cada momento de la existencia consciente. Para una generación cuya vida abarque ambos modos de consciencia, será como si acabaran de despertar tras haber pasado la vida como sonámbulos en un estupor crepuscular. A partir de entonces, su existencia anterior, mundana y mínima, quizá solo se recuerde como una especie de trance zombi. Nuestra propia consciencia «ordinaria» podría quedar desenmascarada como un vehículo superficial y poco interesante del malestar, cuyas propiedades éramos fisiológicamente incapaces de reconocer «desde dentro». Hoy, sin embargo, carecemos de los sustratos neurales de una capacidad para situar la consciencia arcaica en un contexto pre y posdarwiniano. O, como dice Einstein: «¿Qué sabe el pez del agua en la que nada?».
A medida que se despliegue el programa biológico, también se reconfigurarán otras neurohormonas, factores de transcripción, opioides, activadores de la tirosina hidroxilasa, liberadores de oxitocina, reguladores de la densidad de receptores, segundos y terceros mensajeros intracelulares, proteínas fosforiladas y represores y promotores genéticos implicados en la modulación del ánimo, el tono emocional y el dolor psicofísico. Los detalles son enrevesados y complicados. Naturalmente, nuestros sistemas de neurotransmisores encajan con precisión unos con otros. Solo pueden tratarse por separado en el plano conceptual y por comodidad expositiva. Forman un complejo y delicado juego de bucles de retroalimentación que se resiste a cualquier simplificación y síntesis fáciles. Sin embargo, en los siglos venideros se movilizarán conjuntamente para reelaborar la textura de la experiencia. Nuestra felicidad se potenciará química y genéticamente con un arte y una finura cada vez mayores. A la inversa, varios desencadenantes perversos de una crueldad extraordinaria (por ejemplo, la bradicinina, la nociceptina, la sustancia P) serán desterrados del sensorio, es de esperar que para siempre.
1.6 La reencefalización de la emoción
Estos procedimientos sentarán los cimientos hedónicos de un estado basal de existencia consciente vertiginosamente elevado. La pregunta más apremiante que hay que examinar a continuación es qué se hará —y qué debería hacerse— con él. ¿Cómo, y por qué, debería encefalizarse la emoción en una era en que la intencionalidad ya no esté ligada a favorecer la eficacia biológica inclusiva del ADN autorreplicante en nuestro entorno ancestral? ¿Por qué vale la pena ser feliz?
Porque el verdadero reto intelectual no estará, en última instancia, en la mera maximización de la felicidad. Al fin y al cabo, si la dicha eterna fuera el único objetivo de la ingeniería del paraíso, una rata con electrodos fijados en sus centros del placer ya señala el camino. De hecho, nuestros descendientes podrían descubrir que generar estados genéricos de felicidad para toda la vida es trivialmente fácil. Sin embargo, la mayoría de nosotros somos bastante esnobs en lo intelectual. No queremos que nuestras emociones se desencefalicen. Nos gusta el buen humor, pero cualquier cosa que se parezca a la perspectiva de un frenesí orgásmico perpetuo de deleite despierta sentimientos más ambivalentes. La inervación límbica del neocórtex ha sido tan adaptativa porque permite a vehículos genéticos sofisticados como nosotros sentir que algunos objetos intencionales son intrínsecamente buenos o malos. Queremos sentir que somos felices por buenas razones, por mucho que tantas veces sirvan a los intereses de nuestros genes.
Pronto estaremos en condiciones de quitarle los colmillos por completo a esta peligrosa tendencia. Pero no querremos abolirla. En las generaciones venideras, uno de los focos principales de la fabricación neurocientífica de mentes será rehacer el mapa de la arborización axónica y dendrítica del neocórtex que hace posible la racionalización de la emoción. El objetivo de este rediseño racional puede ser impulsarnos a cumplir nuestros deseos de segundo orden («deseos sobre deseos») acerca de quiénes y qué queremos llegar a ser. Es difícil imaginar en qué nos convertiremos finalmente. Solo cabe predecir que será absolutamente sublime.
Usar la biotecnología para elegir y ajustar una personalidad posdarwiniana dependerá en parte del gusto individual. La elección de identidad, incluso en el paraíso, seguirá matizada por sesgos genéticos, estereotipos culturales antiguos y los últimos caprichos de la moda. Al principio, el señuelo de los estímulos supernormales más llamativos será muy potente. Pero también podrían cautivarnos ideas y modos de experiencia que hoy ni siquiera se han conceptualizado. Potencialmente, hay muchas más cosas por las que ser feliz de las que podemos llegar a captar.
En el plano social, es de suponer que seguirá haciendo falta alguna forma de licencia de planificación neuroarquitectónica para orquestar los múltiples microcosmos a medida que tome forma cada cielo de diseño. Pero la armonización debería lograrse más fácilmente cuando la gente ya sea dichosa y empáticamente feliz, «rebosante de amor». Neurológicamente, de hecho, nada impide que cooperar con los demás sea una fuente de alegría arrebatadora, como por desgracia no siempre ocurre hoy. Cuando la vida no se perciba como una aproximación a un juego de suma cero, la existencia social será mucho más fácil de coordinar.
Al principio, los extáticos recién iluminados podrían sentirse tentados a buscar la realización idealizada de objetos de deleite puramente tradicionales. En la práctica, podremos tener todo lo que siempre hemos querido, y más. Esto incluye disfrutar de los sustratos biomoleculares de un sentido de la realidad de una viveza sin precedentes, de una sensación perpetuamente enriquecida de sentido y trascendencia, de una autenticidad intensificada y de una excitación descarnada interminable, o bien de una serenidad intensa y una paz espiritual. En esos primeros tiempos, los sujetos quizá encuentren tranquilizadora la idea de cumplir concepciones antiguas de la buena vida. Antes de su propia transición personal a la supersalud celestial, cualquier aprensión paradójica de los candidatos al enriquecimiento hedónico debería disiparse con la siguiente reflexión. Nada de lo que hayamos disfrutado en la vieja era darwiniana dejará de estar disponible después, ni resultará menos satisfactorio que antes. De hecho, puede que nos motive perseguir viejas metas con mucho más entusiasmo una vez que la debilidad de la voluntad sea solo una curiosidad evolutiva. Porque la falta de fuerza de voluntad causada por la hipofunción dopaminérgica es una de esas deficiencias neurológicas que el esfuerzo por sí solo no puede superar. Felizmente, en el Paraíso el espíritu más frágil podrá mover montañas.
1.7 ¿Cómo podría algo ser tan bueno?
Quizá vengan bien algunos ejemplos de la vida posdarwiniana temprana.
El amante de la naturaleza, por ejemplo, podrá contemplar con reverencia sobrecogida escenas de una sublimidad abrumadora que eclipsarán la belleza superficial que se le ofrecía antes.
Un músico quizá desee que sus módulos funcionales encargados de la apreciación musical reciban una inervación especialmente rica de su sistema de placer recién amplificado. Podría entonces oír, y tener la ocasión de tocar, música más estimulante y de una belleza más numinosa de lo que sus antepasados soñaron jamás; la música celestial de las esferas que oían algunos místicos medievales privilegiados será en comparación como un silbato de hojalata de juguete.
El sensual descubrirá que lo que antes pasaba por sexo apasionado no había sido más que unos preliminares ligeramente agradables. A partir de entonces podrá disfrutarse, con toda una gama de amigos y amantes, de un placer erótico de una intensidad embriagadora que la carne mortal nunca ha conocido. Esto será posible porque los celos, que ya hoy pueden eliminarse transitoriamente bajo el efecto de diversos liberadores de serotonina, no son el tipo de perversión de la consciencia inspirada por los genes que probablemente se juzgue digna de conservarse en la nueva era.
Un pintor o un entendido en artes visuales podrá contemplar el equivalente laico de la visión beatífica bajo un millón de formas distintas, cada una de una gloria indescriptible. Las fichas léxicas de juguete que barajamos hoy serán para entonces un residuo arcaico de poca utilidad para evocar su majestad. A medida que el lenguaje evolucione para reflejar y recorrer planos del ser cada vez más elevados, se inaugurarán nuevas taxonomías de conceptos de placer para ayudar a definir modos de consciencia recién descubiertos.
Como ejercicio, el lector quizá quiera evocar un momento la fantasía más deliciosa que sea capaz de concebir. Por agradable que sea, en las generaciones venideras estados de felicidad divina órdenes de magnitud más bellos que cualquier cosa a la que pueda acceder la mente actual impregnarán el tejido mismo de la realidad. Incluso la imaginación más vigorosa solo puede aprehender, en el sentido más escueto y formal, el esplendor arrebatador que nos espera.
1.8 ¿Es amor todo lo que necesitamos?
Siguiendo en un tono personal, la autoestima frágil y las autoimágenes vacilantes se embellecerán y recristalizarán de nuevo. Por primera vez en su vida, en muchos casos, los seres humanos podrán amarse de todo corazón a sí mismos y a la imagen de su propio cuerpo. Los egos magullados y mutilados podrán así fortalecerse. Podrán regenerarse a partir de los restos del naufragio del pasado darwiniano.
El amor adoptará también nuevos aspectos y encarnaciones. Por ejemplo, podremos no solo amar a todo el mundo, sino estar perpetuamente enamorados de todo el mundo; y quizá seremos mucho más dignos de amor que las mentes corruptas que programan hoy nuestros genes. Se ha dicho que, cuando estamos enamorados, nos asombra que sea posible querer tanto a otra persona, porque normalmente nos queremos tan poco unos a otros. Esta indiferencia hacia el resto de la población, o en el mejor de los casos una mera benevolencia difusa, se da fácilmente por sentada entre las duras realidades sociales del capitalismo consumista competitivo. Pero nuestras carencias de amor no son sino otra manifestación sombría del ADN egoísta (en sentido técnico). Si los humanos hubiéramos compartido colectivamente el mayor grado de parentesco genético propio de muchos insectos sociales (la haplodiploidía), quizá ya seríamos capaces «por naturaleza» de querernos con más entusiasmo. La sociobiología, y su descendiente la psicología evolucionista, explican nuestra relativa frialdad de corazón.
Felizmente, en el futuro será posible imitar, y luego magnificar hasta hacerlo irreconocible, el tipo de devoción altruista mutua que podría haber surgido si todos fuéramos clones con un parentesco genético del 100 %. Todos podremos querernos con locura. Un delicioso cóctel de oxitocina, fenetilaminas y opioides selectivos del receptor mu —o potentes brebajes divinos aún no codificados genéticamente— podrá activarse automáticamente cada vez que alguien a quien conocemos esté presente o lo recordemos. El hombre darwiniano, en cambio, será visto como un cripto-psicópata mezquino. Nuestros sucesores serán mucho más amables. Combinarán un amor mutuo absoluto, incondicional y desinhibido con una celebración de la diversidad de genes y culturas. Hoy esta perspectiva parece aún algo lejana.
Otro aspecto del amor tras la Transición puede resultar aún más sorprendente. Las relaciones personales podrán por fin sellarse de forma verdaderamente segura, si así lo deseamos. A lo largo de los tiempos, las crueldades devastadoras de las formas tradicionales del amor han causado un dolor terrible. Reconocemos, en general, que hacemos más daño a quienes más queremos. Pero a menudo simplemente no podemos evitarlo. Dentro de no mucho, si de verdad nos importa lo suficiente, podremos hacer algo al respecto. Sean cuales sean sus causas próximas, los orígenes remotos de tantas rupturas se encuentran, una vez más, en los intereses enfrentados de coaliciones rivales de genes. Por poner solo un ejemplo: dos amantes que años atrás juraban que preferirían morir antes que hacerse daño se separan más tarde entre lágrimas y rencor. La mujer puede descubrir que, con el declive de su potencial reproductivo con el paso del tiempo, ya no resulta sexualmente atractiva para el hombre que le prometió amor eterno. Su pareja, que muy posiblemente se odia por su traición, acaba abandonándola a ella y a sus hijos adolescentes por una mujer más joven y más atractiva, y luego tiene otra familia. Se destrozan vidas; se sirve a la eficacia genética inclusiva. La naturaleza es bárbara e inútil hasta lo increíble.
Después de la Transición, en cambio, uno podrá amar a alguien con más pasión que nunca. En la era posdarwiniana, uno tendrá la tranquilidad de saber que nunca le hará daño, ni recibirá daño a cambio. El amor verdadero puede durar para siempre, aunque las parejas responsables deberían tomar precauciones. Si uno desea que una relación concreta siga siendo única y duraderamente especial, el diseño mutuamente coordinado de los espacios de pesos neuronales de cada uno puede asegurar que una meseta coronada por una cima característica en el nuevo paisaje hedónico garantice estructuralmente que la presencia del otro sea siempre singularmente plena. Elegir cuánto nos colocamos con la presencia del otro no es hoy una ciencia exacta. Por supuesto, es posible que dentro de unas generaciones el emparejamiento exclusivo parezca un anacronismo pintoresco. Quizá se considere un vestigio más del pasado genético destinado a desaparecer algún día. El ejemplo anterior se cuenta solo para mostrar cómo pueden descartarse las vagas preocupaciones de que algo precioso que uno quiere conservar vaya a sacrificarse de algún modo en la época posterior a la Transición. No tenemos nada que perder.
1.9 El sabor de la depravación
Ahora bien, antes de considerar las perspectivas de los estados afectivos en el universo en un futuro más lejano, hay que abordar la situación de los animales no humanos. Esto se debe a que la mayor parte del sufrimiento del mundo lo padecen miembros de otras especies. Una convergencia de pruebas sugiere que la naturaleza y el alcance relativo de la capacidad biológica de sufrir de la vida orgánica dependen de frecuencias clave de disparo neuronal; de densidades celulares, sinápticas y de receptores; y de una arquitectura neuroquímica y funcional característica del sistema nervioso central. El dolor no tiene su raíz en la capacidad lingüística humana, única, de una sintaxis generativa.
La humanidad a menudo se comporta como si la tuviera. Porque actualmente mantenemos a cientos de millones de otros seres sintientes en condiciones inimaginablemente espantosas. Lo hacemos sin mejor razón que satisfacer nuestros gustos culinarios. Se ha observado con acierto que, si los animales tuvieran una concepción del Diablo, sin duda tendría forma humana. Por desgracia, no es una mera figura retórica. Los humanos de hoy encarcelamos y matamos deliberadamente a nuestros semejantes en un vasto aparato, sancionado por el Estado, de campos de concentración y de exterminio. Se gestionan con un horror mecanizado y con ánimo de lucro. En retrospectiva, nuestros descendientes podrían verlos como un rasgo definitorio de nuestra época, de forma parecida a como concebimos nosotros el Tercer Reich. De manera análoga, su pura crueldad, e incluso su existencia, suelen camuflarse tras una maraña de eufemismos anodinos. Por suerte para nuestra tranquilidad, al menos, nos cuesta concebir de verdad lo que se nos ahorra. Las condiciones en los campos y las fábricas son con frecuencia tan espeluznantes que hay que impedir que el público presencie las atrocidades que se cometen en ellos.
En general, sin embargo, somos cómplices voluntarios de nuestra propia ignorancia. Con nuestras compras pagamos a otros para que cometan actos de violencia extrema que de otro modo podrían alterar nuestra delicada sensibilidad. Irónicamente, cualquiera que practique o consienta el maltrato de un bebé indefenso y sin desarrollar de nuestra propia especie será probablemente demonizado y vilipendiado. La gente normal y decente encontrará «inconcebible» que semejante monstruo «inhumano» pueda causar tal sufrimiento a seres jóvenes, inocentes e indefensos. Así que será procesado y encerrado.
Lo que hacemos en las fábricas de muerte es tan vil que unas pocas líneas de texto apenas pueden insinuar su horror. Aun así, estamos tan acostumbrados a la idea de explotar y matar a otros seres sintientes para regalarnos el paladar que muchas personas por lo demás «sofisticadas» encontrarán de algún modo sensacionalista la crudeza de estos párrafos; o quizá «emotiva», como si la realidad de semejante sufrimiento pudiera, en rigor, ser otra cosa.
Preocuparse por la suerte de las víctimas no humanas de nuestros actos no es un caso de sentimentalismo de abrazaconejitos ni de antropomorfismo infantil. Tampoco se trata de que importen más los animales que los humanos, ni siquiera, como se sugiere a veces con toda la apariencia de seriedad, de pura misantropía. Las personas de ánimo «tierno» a las que inquieta la tortura de los no humanos están, en conjunto, más inclinadas por temperamento a actuar también para minimizar el sufrimiento humano. Esos contrastes y falsas antítesis no ayudan en ningún caso. Simplemente absteniéndose de comer carne, por ejemplo, uno puede seguir dedicando tanto tiempo a luchar por causas exclusivamente humanas como cuando comía carne.
Hay un verdadero rayo de esperanza en medio de la carnicería en curso. En los próximos cien años, más o menos, y posiblemente antes, la biotecnología permitirá a la especie humana producir en masa y de forma rentable proteína celular comestible —y de hecho toda clase de alimentos— con un sabor y una textura indistinguibles de los productos animales higienizados que comemos hoy, o más sabrosos. A medida que nuestro paladar se satisfaga por otros medios, los argumentos morales a favor de los derechos de los animales empezarán a parecer abrumadoramente convincentes. La élite planetaria occidental(izada) empezará por fin a conceder a los seres sintientes que torturamos y matamos un estatus moral similar al de los bebés y los niños pequeños humanos. El veganismo, aunque no exactamente en el sentido actual, se convertirá en la norma mundial. Gracias a la ingeniería genética, es probable que la enorme reducción del sufrimiento gratuito que se pronostica aquí se produzca aunque no se cumpla ninguna de las demás predicciones del IH. Si se cumplen, el aperitivo más humilde sabrá más delicioso que la ambrosía de los dioses. Los gourmets de hoy bien podrían estar alimentándose de patatas fritas grasientas.
Mucho más grave es que, en los ecosistemas tradicionales que decidamos conservar, millones de animales no humanos seguirán muriendo periódicamente de hambre, de forma horrible de sed y de enfermedades, o incluso devorados vivos. Esto suele verse como algo «natural» y, por tanto, básicamente aceptable. Sería reconfortante pensar que, en algún sentido, este holocausto animal incesante no importa demasiado. A menudo nos resulta cómodo actuar como si la capacidad de sufrir estuviera de algún modo inseparablemente ligada a la capacidad lingüística o a la destreza raciocinante. Pero no hay absolutamente ninguna prueba de que sea así, y sí muchas de que no lo es.
Las regiones funcionales del cerebro que sustentan la agonía física, los «centros del dolor», y los sustratos principalmente límbicos de la emoción parecen, en términos filogenéticos, notablemente constantes en el linaje de los vertebrados. Las vías neurales en las que intervienen la serotonina, la sustancia gris periacueductal, la bradicinina, la dinorfina, los receptores de ATP, las principales familias de opioides, la sustancia P, etc., existían mucho antes de que los homínidos caminaran por la Tierra. No solo la bioquímica del sufrimiento es inquietantemente parecida, cuando no prácticamente idéntica, en un amplio espectro de especies de vertebrados (e incluso de algunos invertebrados). Es al menos posible que los miembros de cualquier especie con más células del dolor y mayor densidad sináptica que los humanos sufran a veces de forma más atroz que nosotros, sea cual sea su supuesta «inteligencia». Como utilitarista [técnicamente, un utilitarista ético negativo; véase más abajo], tendría que decir, contra la intuición, que si así fuera, esas formas de vida «hiperalgésicas» importarían intrínsecamente, y ellas mismas sentirían que las cosas importan intrínsecamente, más que nosotros. Suena exageradamente desmesurado. Pero es precisamente la vara de medir ética por la que deberíamos considerar que importamos más que nuestros mentores intelectuales de silicio, etc., fenomenológicamente empobrecidos, dentro de unos siglos. Solo cabe esperar que la inquietante idea de que algo, en algún lugar, pueda sufrir más que los humanos esté mal planteada.
1.10 Sobre la romantización equivocada de los psicópatas felinos
En cualquier caso, en el futuro las formas de vida que existan en este planeta estarán aquí solo porque nosotros lo permitamos, o porque decidamos crearlas. Suena a soberbia; también es verdad. Cada vez somos más capaces de configurar la materia y la energía del mundo como queramos, dentro de lo que permiten las leyes de la física. Así que surge la cuestión moral y práctica: ¿qué otros organismos, y por tanto qué otros modos de experiencia, vamos a crear o a conservar «en libertad», fuera de los bancos de genes y las bibliotecas de software, en los milenios venideros?
Cabe sospechar que la mayoría de la gente podría soportar con relativa ecuanimidad la posible pérdida de unos cientos de miles de especies de escarabajos. Los herbívoros conocidos, aunque mejorados eugenésicamente, en cambio, podrán pastar seguros dentro de los límites de un hábitat natural bien regulado. Lo mejor será tratarlos con anticonceptivos de depósito de acción prolongada para frenar la reproducción descontrolada. Su felicidad debería resultar más fácil de diseñar genéticamente que la de los humanos. Esto suponiendo que los no humanos sean menos exigentes intelectualmente con sus placeres de lo que son, en ocasiones, algunos miembros de nuestra especie.
Pero ¿qué pasa con las especies carnívoras? Es fácil romantizar, por ejemplo, a los tigres, los leones o los gatos. Admiramos su magnífica belleza, su fuerza y su agilidad. Pero a sus equivalentes humanos imaginarios los consideraríamos psicópatas desalmados de la peor especie. Así que, igual que no hay ninguna necesidad de recrear el hábitat natural de soldados de asalto nazis inteligentes, rubios y apuestos para que puedan cazar a sus víctimas naturales (y los nazis no son un patrón de materia y energía menos natural ni menos notable surgido en el curso de la evolución, aunque de un tipo afortunadamente extinguido), también es éticamente insostenible seguir criando máquinas felinas de matar preprogramadas en homenaje a la Naturaleza. No es, ni que decir tiene, culpa de los gatos que tiendan a torturar ratones; pero tampoco, dadas las ecuaciones de la física, es culpa de los nazis que intenten perseguir a los judíos. Eso no es razón para dejar que sigan haciéndolo.
En un triunfo de la estética sobre la moral, muchos amantes de los animales, por lo demás afines a los sentimientos que aquí se expresan, se horrorizarán sin duda ante la mera idea de perder a compañeros tan entrañables y asesinos tan venerables como los miembros de la familia de los felinos; pero claro, es poco probable que a ellos los cacen aterrorizados o se los coman vivos, lo cual da una perspectiva bastante distinta de cualquier asunto.
1.11 ¿La última molécula retorcida de la Tierra?
Esta meditación sobre la suerte de nuestras especies hermanas conduce a una de las pocas predicciones precisas, y potencialmente falsables, que nos aventuraremos a hacer aquí sobre los próximos dos mil años.
En un momento trascendental y exactamente fechable, tendrá lugar la última experiencia desagradable que se produzca jamás en este planeta. Posiblemente será un dolor (solo comparativamente) menor en algún invertebrado marino (para nosotros) oscuro. Este acontecimiento ocurrirá mucho antes del final del cuarto milenio. Incluso podría ser técnicamente factible —aunque en la práctica improbable— que abolamos por completo lo desagradable antes del final del tercero.
Embriagador, sí. Pero igual que el virus de la viruela fue perseguido sistemáticamente hasta su extinción, es previsible que la firma o firmas moleculares precisas de la experiencia aversiva y sus genes predisponentes también sean perseguidos y erradicados. La aplicación sistemática de la nanotecnología, de robots microminiaturizados autorreplicantes dotados de la potencia de cálculo de superordenadores y de una ingeniería genética ultrasofisticada, quizá mediante vectores retrovirales, abolirá la raíz de todo mal en su forma naturalista.
Por supuesto, el dolor y la infelicidad adoptan en apariencia formas innumerables. Así que podría suponerse que habrá que eliminar un batiburrillo imposiblemente grande de reacciones bioquímicas antes de completar el proyecto emancipador. La dificultad —y, de forma más polémica, la imposibilidad— de establecer identidades de tipo no triviales entre los estados físicos y los estados mentales superiores parecería empeorar aún más la tarea de purgar el mundo de lo desagradable.
En un aspecto al menos, sin embargo, las muchas caras de la desdicha engañan. Como las diversas fuentes nominales de la felicidad, fomentan una ilusión genéticamente adaptativa. En este caso, la ilusión de que los fenómenos que reducen la eficacia [darwiniana] son intrínsecamente malos. Esta ilusión es una «adaptación» nacida de los mecanismos por los que los procesos neurales primarios que median la emoción se infiltran físicamente en el neocórtex y lo impregnan. Millones de años de encefalización impulsada por el ADN han ocultado los sustratos primitivos de la emoción en lo más hondo de la mente/cerebro. Esos sustratos pueden eliminarse del código. Y golpeando los antiguos motores límbicos de la desesperación, los futuros especialistas en ingeniería del paraíso deberían hacer que se disipe también su legión de acompañantes cognitivos. Primero en los humanos y, descendiendo por el árbol filogenético, con el tiempo también en todo metazoo no humano, todos los modos de experiencia, incomprensiblemente diversos, que puede vivir una mente/cerebro deberían compartir la propiedad de ser genéricamente deliciosos. Habrá terminado entonces una era singularmente vil de la historia del mundo.
1.12 ¿La persistencia del porno duro?
Es difícil adivinar qué vestigios del pasado se archivarán exactamente una vez que la crueldad haya sido purgada de nuestra consciencia. Igual que hemos conservado (aunque cabe confiar en que nunca la usaremos) la información precisa necesaria para recrear el virus de la viruela —pues conocemos con exactitud todo su genoma—, es de suponer que también se conservarán los registros de la filogenia y la arquitectura molecular del dolor y la depresión.
Cuesta ver por qué habría que revivir físicamente alguna vez los tipos de patrón desagradables. Quizá sigan en gran medida sin descifrar. La interpretación de su formalismo peligroso y casi pornográfico solo será accesible para nuestros descendientes, si acaso, mediante analogías mal entendidas. Porque los posthumanos conocerán los gradientes hedónicos. Al fin y al cabo, en la medida en que matices cambiantes de deleite impregnarán todo lo que piensen, lo más plausible es que las diferencias de placer sigan siendo los motores principales de la acción. Así que las generaciones lejanas deberían poder conceptualizar, al menos en abstracto, el «dolor» y la «desesperación». Esos estados pueden imaginarse como modos de consciencia muy inferiores en la jerarquía celestial: un nivel en el que una propiedad genérica de la propia experiencia sufre una especie de misterioso cambio de fase. Pero más allá de ese mal definido punto de cruce, quizá nuestra posteridad extática encuentre esquivas las propiedades de la experiencia del lado equivocado de la gran divisoria.
Por su bien, hay que esperar que los extáticos de pura cepa mantengan a raya cualquier curiosidad intelectual por esos misterios tabú. No estarán en condiciones de tomar una decisión informada antes de optar por darse una vuelta por los bajos fondos del abismo. Nada podría prepararlos para el horror que encontrarían. Afortunadamente, lo más probable es que carezcan de nuestro interés morboso por lo depravado y lo obsceno.
Podría objetarse aquí que los estados de placer comparativamente menor equivalen a estados de infelicidad. Así que, a menos que se promueva un nivel de felicidad uniforme de por vida que paralice la acción, sin duda los estados aversivos serán endémicos incluso en el régimen posdarwiniano maduro.
Esta objeción es plausible, pero está mal planteada. Cuando uno se enfrenta a dos alternativas dolorosas, elegir el mal menor no convierte de algún modo en placentera una experiencia que sigue siendo dolorosa. Del mismo modo, experimentar el menor de dos deleites no es en realidad doloroso de algún modo; simplemente, las células del placer son muy codiciosas y siempre están ávidas de más de lo mismo.
1.13 Los crecientes placeres de los homúnculos
Suponiendo que, en efecto, siempre pidan más, ¿qué más puede decirse del futuro lejano de la emoción en el universo? ¿Cómo pasarán de verdad su vida los posthumanos, y qué se sentirá al existir, una vez que el Cielo haya sido domesticado biológicamente?
Primero, una advertencia. Hoy la mayoría de nuestras fantasías futuristas se centran en la alta tecnología dura. Devoramos el mundo de la física fantástica de Star Trek. Sin embargo, las nuevas emociones exóticas nos resultan tan inimaginables como los nuevos colores fenoménicos exóticos. Son solo posibilidades vacías y abstractas a las que podemos aludir ociosamente, nada más. Implícitamente, suponemos que nuestro antiguo repertorio de vertebrados de sentimientos que favorecen la eficacia biológica caracterizará tanto a nuestros descendientes posthumanos como a cualquier forma de vida alienígena que encuentren. Incluso tendemos a antropomorfizar del mismo modo a los robots inorgánicos. Suponemos que se «sentirán» superiores y «querrán» dominarnos (¡otra vez reminiscencias de la sabana africana!). Pero la economía emocional de una psique posdarwiniana puede ser inconmensurable con todo lo anterior. De hecho, toda la vida interior de los posdarwinianos puede ser opaca para nuestras mentes de cazadores-recolectores. La textura en primera persona de sus modos de experiencia quizá no se parezca en nada a la nuestra salvo en el nombre. Aunque pudiéramos vislumbrar el futuro, quizá seríamos como gatos viendo la televisión. Sencillamente no entenderíamos el significado de lo que ocurre.
Por desgracia, no hay forma de cartografiar desde dentro el alcance de nuestra clausura cognitiva. Es frustrante. Si los cosmólogos cuánticos pueden teorizar sobre los primeros 10⁻⁴³ segundos tras el Big Bang, hace más de trece mil millones de años, y seguir siendo considerados, con razón, practicantes de ciencia dura, es una lástima que las conjeturas que hacemos sobre el mundo vivo dentro de unos miles o millones de años tengan que tratarse, ni siquiera como ciencia blanda, sino como ciencia ficción. Hay demasiadas incógnitas desconocidas para predecir nada con una confianza racional. Limitarse a extrapolar las tendencias actuales engañará sin remedio. Los plazos previstos incluso de triunfos biomédicos relativamente previsibles, como la eliminación del proceso de envejecimiento, son vagos. El IH puede derivar hacia la especulación embriagadora; pero, al final del tercer milenio, la vida y la consciencia podrían resultar más ajenas a la imaginación actual incluso que la predicción más extravagante que se plantea aquí. Por otro lado, que sepamos, alguna variante del principio del placer podría ser una firma universal —y universalmente inteligible— de la vida sintiente; y su apoteosis en una especie de orgasmo cósmico sublime podría ser el destino último del Universo. [Esto quizá ponga a prueba la credulidad; ¡vaya Big Bang!] Sencillamente, no tenemos suficientes pruebas. Dicho esto, podemos seguir adelante con imprudencia.
Una vez abolido el sufrimiento, terminará la era de las elecciones morales a la antigua. Los mecanismos fisiológicos que subyacen a los procesos de creación de valor de la mente/cerebro se desentrañarán durante la invención de un mundo sin dolor; pero el tipo de valor naturalizado y dependiente de la mente que creen los ingenieros del paraíso, una vez desaparecida la fenomenología de la crueldad, no abarcará categorías éticas en el sentido en que hoy las entendemos. La urgencia moral heroica habrá desaparecido; de hecho, existe el riesgo de que los temas verdaderamente hedonistas que se tratan en estas secciones del IH desvíen la atención de la absoluta seriedad moral de todo el proyecto posdarwiniano tal como hoy se concibe.
Aun así, he aquí un repaso rápido de algunas de las opciones a largo plazo.
En primer lugar, las dimensiones actuales de la mente humana y de sus capacidades afectivas están limitadas por el tamaño del canal del parto femenino. Mientras las presiones selectivas favorecieron la evolución de sustratos biológicos cada vez más potentemente crueles —preparados para desencadenar episodios adaptativos de agonía y desdicha emocional—, la restricción del parto ha sido al menos una pequeña misericordia.
No durará; pero tampoco hará falta. Una vez que la aplicación global de la ingeniería genética entre especies haya garantizado que el sufrimiento sea fisiológicamente imposible, esa limitación de tamaño solo retrasaría el desarrollo y la maduración emocional del mundo vivo. Porque las neuronas sanas [no hipocampales], por desgracia, no se reproducen. Tenemos casi la dotación completa al nacer. Después van muriendo de forma algo errática. Sin embargo, una vez que sea factible criar el embrión y el feto humanos desde la concepción hasta el final de la gestación en un entorno artificial extrauterino, el número, así como la calidad y la densidad sináptica, de las neuronas podrá multiplicarse selectivamente con la conciencia utilitarista tranquila. También podrán multiplicarse la densidad de receptores, los mecanismos de transducción postsináptica y los factores vitales de control de la transcripción genética en las vías del placer. También puede ampliarse y enriquecerse la corteza prefrontal subgenual, productora de serotonina. Curiosamente, las personas con depresión clínica reconocida tienen hoy, de media, más de un 40 % menos de tejido cerebral en esa zona que los controles. Esta región parece crucial para procesar las emociones relacionadas con situaciones personales y sociales complejas. Su papel debería crecer. Cuando hayamos diseñado circuitos neurales más sofisticados y socialmente responsables, todos nuestros modos emocionalmente preletrados de vida social podrían llegar a verse como superficiales y rudimentarios.
No está claro cuántos órdenes de magnitud podría aumentarse en teoría la mente/cerebro de un superorganismo antes de toparse con limitaciones de diseño insuperables. Tampoco está claro si un «cerebro de Júpiter» podría pasar por los estados coherentes de la mecánica cuántica necesarios para sostener una variedad experiencial unitaria (cf. el «problema del grano» de la consciencia de Sellars) y, por tanto, albergar un «yo de Júpiter» potencialmente integrado. Mientras tanto, y a una escala más conservadora, gigantescas sociedades de superneuronas hedonistas podrán cultivarse y autoesculpirse para formar mundos virtuales progresivamente más grandes, más felices y más ricamente variados.
Podría suponerse que el acceso a estados sin parangón de euforia orgásmica de todo el cuerpo, alimentados por un aparato del placer enormemente hipertrofiado y trucado, bastaría a cualquiera. Bueno, quizá; depende de las amistades de cada uno. Siempre vale la pena distinguir dos sabores de la felicidad: la saciedad dichosa y la motivación de incentivo eufórica. Si, como se predice, es este último motor dopaminérgico del progreso el que impulsará la era posterior a la Transición, los deleites citados arriba serán solo un anticipo de nuevas Transiciones milenarias, y de los cambios de metaparadigma que retuercen la mente que su llegada conlleve.
Para empezar, la corteza somatosensorial y su «homúnculo» corporal ocupan hoy solo una porción muy modesta del cerebro. Su tamaño comparativamente pequeño lo delata como otra reliquia obsoleta de la Antigüedad darwiniana. Usar la mayor parte de la corteza para ejecutar simulaciones egocéntricas del entorno externo basadas en datos, y no solo la imagen corporal egocéntrica del vehículo huésped, tendía a maximizar la eficacia genética en la sabana africana. Desaparecidos hace mucho los leones depredadores, esos estados de autoalienación parcial se vuelven menos útiles. Así que en el futuro podrán usarse células de tipo somatosensorial para sembrar las demás áreas de la corteza y sus estructuras adyacentes. De este modo podrán interpenetrar selectivamente el resto de la variedad experiencial de cada persona. En consecuencia, el arrobamiento hiperorgásmico de todo el cuerpo podrá extenderse opcionalmente hasta impregnar todo un mundo virtual psiconeural. El sueño del místico de fundirse con el universo —aunque sin saberlo solo con su propio microcosmos neural— podrá realizarse en un éxtasis total de los sentidos y del alma neuroquímica.
La vida podría mejorar aún más. Hoy el núcleo accumbens y sus estructuras mesolímbicas aliadas no consisten en circuitos de placer puro. Ciertas biomoléculas (por ejemplo, la dinorfina, que se acumula durante el consumo crónico de psicoestimulantes y participa en el ansia característica de la abstinencia de cocaína) son desagradables y disfuncionales. Pueden eliminarse mediante edición genética. Hay también una posibilidad mucho más emocionante. La mayoría de las neuronas corticales no tienen ninguna capacidad intrínseca de bienestar, y no digamos de hedonismo autónomo. Como se ha señalado, dependen de la inervación de las neuronas monoaminérgicas, etc., para dar un tono afectivo a cualquier papel funcional y sabor de subjetividad que expresen. Pero una vez aisladas en las vías del placer las firmas moleculares precisas del éxtasis experiencial, sus reacciones metabólicas podrán trasplantarse también a otros tipos de neurona: democracia hedónica.
1.14 ¿Consciencia posperceptiva?
Muchos focos intencionales futuros de deleite (es decir, aquello por lo que somos felices) estarán incrustados en tipos de consciencia cualitativa, y no solo cuantitativamente, ajenos a los humanos darwinianos. Es aleccionador pensar que una variación molecular aparentemente menor en una neuroproteína genera tipos de experiencia tan dispares como la vista y el oído. Solo Dios sabe qué otros modos inconmensurables de «cómo es» (los «qualia») se revelarán cuando se diseñen cambios mucho más profundos en la arquitectura de las células excitables.
Porque el statu quo darwiniano, basado en la selección natural que actúa sobre la variación genética aleatoria, está a punto de desmoronarse. Hasta ahora, todo salvo un volumen insignificante de (lo que en abstracto puede concebirse como) el espacio de pesos experiencial ha estado fisiológicamente fuera de alcance. No hay nada antinatural en ello. Pero hasta ahora, el ADN que codificara las estructuras necesarias para llegar allí habría tenido que cruzar depresiones genéticamente desadaptativas en el paisaje de la eficacia biológica. Saltar de oasis en oasis a través de depresiones desadaptativas es un proceso que la evolución neodarwiniana excluye. No hay ningún mecanismo que lo permita. La selección natural no tiene previsión. Sin embargo, una vez que se acceda por fin por diseño a esos nuevos tipos de consciencia, sus distintas texturas no tendrán por qué desplegarse en el papel tradicional de rastrear patrones ambientales externos o responder a ellos. Primero podrán colonizarse hedónicamente; y después explorarse y reordenarse artísticamente, entretejerse en ricas estructuras narrativas y aventuras desenfrenadas, recibir nuevas funciones en la mente/cerebro, o quizá simplemente saborearse por su fascinación intrínseca.
Es probable que las viejas definiciones del yo y de la realidad se desmoronen de formas impredecibles. Conviene recordar cómo, hoy, los episodios de pensamiento en curso suelen descomponerse en sus aspectos nominalmente cognitivo, afectivo y volitivo: «pensar», «sentir» y «querer». La misteriosa trinidad podría resultar no ser más que variaciones insignificantes, cada una con sus propios matices menores, de una familia fenomenológica mucho más amplia de corrientes «seriales» de consciencia. Estos nuevos modos seriales esperan a ser descubiertos o inventados biotécnicamente. Algunos de los nuevos modos podrían llegar a funcionar computacionalmente como cuasimáquinas virtuales tejidas a partir de una consciencia cerebral masivamente paralela; pero el resto no tiene por qué desempeñar ningún papel funcional característico. Aparte de describir todas esas sutiles clases de «cómo es» como genéricamente deliciosas cuando estén debidamente inervadas, aquí no cabe especular con inteligencia sobre su naturaleza. Nos engañamos cuando presumimos de lo rico que es el lenguaje que tenemos hoy. Porque es fácil que la capacidad productiva indefinidamente grande del mecanismo generador del lenguaje humano primitivo nos seduzca y nos lleve a una suposición errónea, aunque perdonable: que la sintaxis permite pensar y hablar sobre una variedad ilimitada de cosas. Pero latentes entre vías neuroquímicas antes inaccesibles y desadaptativas habrá sin duda inmensos territorios de hiperrareza experiencial que —dejando aparte paradojas semánticas superficiales— no pueden pensarse como es debido en absoluto. Sus exóticos ajenos seguirán cognitivamente vedados durante mucho tiempo. En el caso de estados infernales desconocidos y peores, cabe esperar que sigan siendo impenetrables para siempre.
Esas hipotéticas nuevas categorías de experiencia solo se descubrirán empíricamente, se generarán y se encefalizarán emocionalmente como es debido con ayuda de la exploración en primera persona de sus propiedades intrínsecas. La observación sin experimentación no basta. La manipulación experimental sistemática de la consciencia mediante agentes psicoactivos complementará la perspectiva en tercera persona de la ciencia física. Lo más prudente será que la exploración la lleven a cabo extáticos, de nacimiento o no, y no mentes darwinianas con trastornos genéticos. Esto se debe a que salvajes genéticamente no retocados como nosotros corren el riesgo de embarcarse en viajes peores que el que ya estamos haciendo. En cualquier caso, filosofar a priori sobre la posible naturaleza de lo psicodélico, usando nuestro viejo hardware neuroquímico heredado que ara por los mismos surcos conceptuales de siempre, sencillamente no funcionará. La experiencia y la descripción lingüística actuales carecen de las primitivas semánticas necesarias. Solo primitivas semánticas extraídas de los nuevos modos de experiencia —y no el mero rumiar inferencias con nuestro limitado repertorio actual de conceptos— permitirán concebiblemente una comprensión teórica posterior del cosmos psicodélico. También harán falta nuevas primitivas semánticas para expresar emociones, sensaciones, modos de introspección y autoconsciencia reflexiva genuinamente nuevos.
Esto aún no es el saber de consenso. En el mundo académico dominante, es casi imposible cualquier estudio de la consciencia como verdadera disciplina experimental, y no como tema de disputa escolástica. Los relatos de manipulación sistemática en primera persona de su único ejemplo accesible suelen considerarse impublicables y desacreditadores. Irónicamente, nos burlamos de la cerrazón de los adversarios clérigos de Galileo por negarse a mirar por su telescopio. Pero no apreciamos menos nuestra propia tranquilidad de espíritu; así que hay pocos motivos para la autocomplacencia intelectual. Con nuestras represivas leyes sobre drogas, también nosotros prohibimos y castigamos formas de conocimiento verdaderamente inquietantes para el orden establecido. Los psicodélicos desencadenan cambios de mentalidad radicalmente subversivos de la estructura de poder social, política y académica existente y de sus definiciones de la realidad. Las duras penas por defender y difundir públicamente ese conocimiento peligroso no son mucho más misericordiosas que las de la Inquisición —nuestras cárceles son lugares brutales—, aunque, igualmente, la retractación y la penitencia públicas pueden a veces mitigar todo el rigor del castigo.
Las psicodelias de los extáticos posthumanos son demasiado difíciles de contemplar. Las predicciones sobre el futuro más lejano incluso de los estados afectivos en el universo tienden a volverse también más descabelladas. No solo ignoramos las emociones recién sintetizadas y descubiertas que aportará la biotecnología. No podemos saber qué procesos «cognitivos» neocorticales saturarán y enriquecerán.
¿Adoptará la consciencia, en su forma actual de mente fenomenológica y cuasicomputacional, formas poscelulares o enriquecidas con prótesis? ¿O, en defensa del chovinismo del carbono, hay un argumento microfuncionalista según el cual la estructura única del átomo de carbono y sus propiedades de valencia implican que solo son factibles las variedades experienciales orgánicas y sus emociones infundidas? ¿Llegará con el tiempo una era pospersonal en la que supermentes discretas, generadas por los genes, decidan fusionarse progresivamente; o los fragmentados universos isla que quedan de las profundidades del pasado darwiniano seguirán indefinidamente en un aislamiento semiautónomo? Si la consciencia es ontológicamente fundamental en el cosmos, y no un «colgajo nomológico» añadido, ¿sostienen las supercuerdas [o branas, etc.] que vibran a energías órdenes de magnitud superiores a las nuestras modos e intensidades de experiencia proporcionalmente mayores que los del régimen actual de baja energía? ¿O carecen por completo de «cómo es»?
Ni que decir tiene que no sabemos la respuesta a esas preguntas, en un sentido ni en otro. Lo único que se predecirá aquí con cierta apariencia de confianza es que un tipo de experiencia antiguo y contaminante del alma, lo genéricamente desagradable, pronto seguirá el camino del proverbial dodo.
[El IH se escribió en 1995. Solo las respuestas a objeciones posteriores, añadidas sucesivamente en el capítulo 4, son más recientes. Para un esbozo actual, véanse El proyecto abolicionista (2007) y Neurociencia utópica (2008). El capítulo 2 puede saltarse sin riesgo, u hojearse a toda prisa, incluso por los filósofos analíticos a quienes iba dirigido principalmente. Contiene una defensa del IH basada, en primer lugar, en la racionalidad práctica de medios y fines y, en segundo lugar, en el utilitarismo ético negativo. El argumento instrumental de la racionalidad de medios y fines se deriva de la amplia aplicabilidad del hedonismo psicológico. Aquí no se interpreta como una ley universal. Es solo una regla práctica trivial de la vida cotidiana: dedicamos mucho tiempo a intentar ser felices. A menudo fracasamos. El IH logra lo que perseguimos con una eficacia y un éxito únicos. El argumento ético utilitarista a favor del IH, en cambio, descansa en parte en una concepción de cómo puede naturalizarse la moral de forma coherente con una explicación reconociblemente científica de la naturaleza del mundo. Aquí el valor se interpreta como un modo de experiencia característico, y biológicamente maximizable. Su textura subjetiva está codificada por un tipo concreto de arquitectura biomolecular. Esa arquitectura puede enriquecerse y ampliarse. El valor positivo puede maximizarse. El valor negativo puede, con el tiempo, eliminarse. Así, se sostendrá, el IH es bastante más que las conjeturas y juicios de valor peculiares de un individuo. El programa biológico es también nuestro destino natural. La llegada de la era posdarwiniana sin dolor marcará a la vez una transición importante en la evolución de la vida y el fundamento moral de cualquier civilización futura.]
Autor: David Pearce, The Hedonistic Imperative (1995, revisado). Traducción: Claude (Anthropic), 2026. Fuente: hedweb.com. El autor anima a difundir libremente este manifiesto.