El Imperativo Hedonista

3. ¿Cuándo?

«La mayoría de los hombres llevan vidas de callada desesperación.»

(Thoreau)

3.0 Nuestro futuro emocional

Dejemos de lado por ahora los méritos prácticos o la urgencia ética del proyecto abolicionista. ¿Qué motivos hay para predecir que el sufrimiento y el malestar serán sustituidos por gradientes de bienestar genéticamente preprogramado? ¿Cuándo, si es que alguna vez, podría la ingeniería del paraíso convertirse en política práctica?

Si llega a producirse una Transición posdarwiniana así, la revolución ocurrirá una sola vez. Nunca se revertirá. No habrá vuelta atrás al viejo orden darwiniano tras descubrir que su sucesor no era tan maravilloso como se anunciaba. Porque en la práctica será mucho mejor.

La perspectiva de una dicha tan invencible puede parecer muy lejana aquí, en la Edad Oscura biológica. Pero no debería. Incluso ahora, la mayoría de nosotros intentamos manipular nuestros estados mentales por medios químicos. Lo que pasa es que no se nos da muy bien. A lo largo de la historia, los humanos han intentado alterar su consciencia con diversos agentes naturales. La prohibición y la persecución arbitrarias, y muy selectivas, de las élites gobernantes no han logrado impedir que la gente experimente tanto con psicodélicos como con potenciadores del ánimo. Con el cambio de siglo, las drogas ilícitas eran un gran mercado mundial. El Informe Mundial sobre las Drogas de la UNODC estimó su valor al por menor en 321.000 millones de dólares en 2003, el equivalente al 0,9 % del PIB mundial.

Los agentes recreativos legales y socialmente aceptados por la sociedad respetable, por supuesto, no se consideran popularmente drogas en absoluto. El adicto a la nicotina y el alcohólico no se ven a sí mismos como psicofarmacólogos practicantes; y así, por desgracia, su incompetencia es a menudo letal.

¿Tiene cura esa incompetencia? Si la tiene, y si el proyecto abolicionista puede impulsarse con farmacoterapia antes de que llegue una verdadera medicina genética, primero deben darse una serie de condiciones previas. Aquí no sería posible enumerar un conjunto necesario y suficiente. Aun así, vale la pena aislar y examinar a continuación varias tendencias sociales distintas pero convergentes de enorme importancia potencial.

Primera: debe suponerse que seguiremos buscando y usando potenciadores químicos del ánimo a una escala masiva, propia de toda la especie.

Segunda: una élite pionera y (semi)alfabetizada en farmacología aprenderá progresivamente a usar los agentes que elija de una forma mucho más eficaz, segura y racional. Toda la farmacopea de medicamentos autorizados y no autorizados podrá comprarse en todo el mundo por la Red. A medida que se desentrañe el funcionamiento de nuestros unos 20.000 genes codificadores de proteínas —el consenso actual está entre 19.500 y 20.000, muchos menos que los 30.000 que se predijeron en su día—, la nueva disciplina de la farmacogenómica permitirá adaptar los fármacos a la constitución genética de cada individuo. Mejor aún, los estados de consciencia deseables que puedan inducirse farmacológicamente podrán precodificarse genéticamente más adelante.

Tercera: la sociedad seguirá financiando y apoyando la investigación en ingeniería genética, medicina reproductiva y toda forma de biotecnología. Esto permitirá que el asombroso abanico de cielos de diseño que ofrecerá la biomedicina del tercer milenio se convierta en una elección de estilo de vida.

Cuarta: la malhadada Guerra contra las (algunas) Drogas de los gobiernos acabará por derrumbarse bajo el peso de sus propias contradicciones. Sin duda los padres tienen razón al preocuparse por muchas de las sustancias embriagantes ilegales de hoy. Pero su toxicidad no será más razón para renunciar al sueño de «vivir mejor gracias a la química» de lo que las víctimas de la medicina moderna temprana son razón para abandonar la ciencia médica actual por la homeopatía.

Quinta: la medicalización de la vida cotidiana, y de la propia condición humana, seguirá avanzando a buen ritmo. Toda clase de descontentos hoy mal definidos serán diagnosticados y clasificados médicamente. Nuestras innumerables penas recibirán etiquetas clínicas respetables. La medicalización masiva permitirá a las grandes farmacéuticas extender agresivamente sus lucrativos mercados de psicotrópicos con aprobación médica a una clientela cada vez más amplia. Se patentarán alelos moduladores del ánimo nuevos y mejorados, y otras terapias génicas innovadoras para enriquecer el ánimo y el intelecto. Los lanzarán al mercado empresas biotecnológicas deseosas de curar las psicopatologías de los afectados, y de maximizar beneficios.

Sexta: en los próximos siglos, una proliferación explosiva de productos de software de realidad virtual cada vez más sofisticados permitirá a millones, y luego a miles de millones, de personas vivir sus fantasías ideales. Paradójicamente, como se verá, el triunfo del cumplimiento de deseos impulsado por las sensaciones en una RV inmersiva demostrará también la bancarrota intelectual de nuestras viejas recetas perifericistas de reforma social. La infelicidad persistirá. La rueda de molino hedónica no puede sucumbir ante el software.

Séptima: el laicismo y el individualismo triunfarán sobre el resurgir del fundamentalismo islámico y cristiano. El derecho a un bienestar de por vida en este mundo, y no en el próximo, adquirirá el rango de derecho humano básico.

Hay bastantes imponderables. La futurología no es, y previsiblemente nunca será, una ciencia exacta. Cabe postular, por ejemplo, el triunfo mundial de una teocracia anticientífica. Podría ser al estilo de la derecha religiosa estadounidense, o incluso de algún tipo de fundamentalismo islámico. Menos concebible sería una victoria mundial de un humanismo de ánimo tierno sobre la marcha del determinismo biotécnico. También es posible que el consumo de drogas sin aprobación médica pudiera frenarse, al menos durante un tiempo, con tecnologías intrusivas de vigilancia personal y castigos de una severidad cada vez más draconiana. Alentado, por ejemplo, por el último espasmo de pánico moral por las Drogas, un superestado totalitario represivo podría instaurar un régimen de análisis de sangre obligatorios y universales para detectar sustancias prohibidas. Seguiría la «desintoxicación» forzosa de los infractores en campos de rehabilitación.

Estos escenarios y sus variantes son casi con seguridad demasiado alarmistas. Dado un ethos generalizado de individualismo, y la expansión mundial del capitalismo consumista hedonista, en cuanto la gente descubra que no hay ninguna razón biofísica en el mundo por la que no pueda ser tan feliz como quiera indefinidamente, será difícil impedir que los espíritus más aventureros exploren esa opción. El éxtasis de por vida no es ni de lejos tan malo como suena.

3.1 El hedonismo después de la guerra

Así que, como ilustración de al menos una secuencia plausible de acontecimientos que conduzca a la adopción de la estrategia biológica, vale la pena considerar las consecuencias probables de que los gobiernos occidentales abandonen por fin su desdichada e intelectualmente incoherente Guerra contra las Drogas. Esta retirada podría no parecer inevitable. Aquí, al menos, se supondrá que el gobierno no puede usurpar indefinidamente la libertad de controlar los propios estados de consciencia. Las medidas estatales de control mental podrían relajarse ante, en primer lugar, una ideología libertaria y de libre mercado en ascenso; en segundo lugar, una generación más joven y creciente de consumidores experimentados de drogas ilegales, reacia a que se la criminalice y desdeñosa con las hipocresías y la doble moral de la generación anterior; y, en tercer lugar, y no menos importante, la explosión de información sin precedentes e incensurable en Internet sobre los detalles prácticos de cómo sintetizar y disfrutar psicotrópicos de todo tipo.

La despenalización, primero de hecho y luego de derecho, y la posterior legalización no supondrán una simple renuncia al control estatal. Al contrario, el Estado intervendrá en el proceso de distribución por interés fiscal propio y por responsabilidad paternalista. Se autorizarán, garantizarán y regularán la fabricación y el suministro de psicotrópicos, y sin duda su calidad y pureza. Esto arrebatará al crimen, organizado y desorganizado, un sector de la vida económica de miles de millones. Permitirá además una reducción drástica, y políticamente conveniente, de los impuestos directos. También debería eliminar algunos de los adulterantes tóxicos habituales en las drogas de la calle. Miles de consumidores recién despenalizados se reincorporarán a la sociedad civil corriente. Una educación sobre drogas más inteligente, y la institucionalización social de formas de consumo antes ilícitas, contribuirán aún más a reducir los daños.

Pero esto es pintar un cuadro peligrosamente optimista de las consecuencias de la legalización. Por deseable que sea dejar de criminalizar, e incluso de encarcelar, a un porcentaje creciente de la generación más joven, sobre todo en Estados Unidos, seguirán existiendo los profundos problemas sociales y médicos derivados de un consumo de drogas mal informado. Para empezar, un número enorme, y quizá incuantificable, de consumidores de drogas (hoy) ilícitas y lícitas se están, en la práctica, automedicando. No les gusta su consciencia estresada, ansiosa o depresiva tal como es sin ellas. Así que recurren a lo que parecen los únicos remedios realmente disponibles. Su elección no es del todo sorprendente. Otros supuestos elevadores del ánimo suenan, de hecho, deprimentes. Los «antidepresivos» avalados por el Estado solo se obtienen con receta. Los reparten hombres y mujeres severos con bata blanca. Oficialmente, en cualquier caso, todos esos agentes solo tienen valor terapéutico potencial para quienes las autoridades médicas consideran enfermos mentales. No es un papel ni una etiqueta que la mayoría de la gente adopte de buen grado. Un problema de imagen tan grave hace que millones de personas que se beneficiarían de ellos se estén perdiendo algunos de los productos más valiosos de la ciencia médica.

Es más probable que recurran a drogas con una imagen muy distinta. El principal defecto de los euforizantes ilegales de uso extendido, como la cocaína y las anfetaminas, no es tanto que sean físicamente peligrosos —en conjunto matan solo a una fracción minúscula del 1 % de quienes se llevan cada año los dos asesinos legales sancionados por el Estado, el tabaco y el alcohol— como que la reorganización de los receptores hace que sus efectos a largo plazo sean casi lo contrario de aquellos por los que sus usuarios los toman en primer lugar. Mientras tanto, las autoridades médicas mantienen una ficción cómoda sobre todos los potenciadores del ánimo con aprobación clínica, presentes o futuros. La línea oficial es que los «antidepresivos» de acción diferida tienen un efecto insignificante en las personas «normales» a menos que estén «realmente» deprimidas, o a menos que se induzca una euforia maníaca «patológica» que a su vez habría que medicar. Además, la cautela, por lo demás sana, de la profesión médica ante los riesgos de la polifarmacia restringe innecesariamente la formulación y el disfrute de algunos cócteles psicoactivos muy hermosos de potentes enriquecedores de la vida.

Sin embargo, una vez que se legalicen los grupos de drogas hoy prohibidos y controlados, el Estado sufrirá una presión tremenda para patrocinar la investigación, el desarrollo y la comercialización de elevadores del ánimo para la población general. Sin duda serán más seguros y eficaces que las drogas callejeras de baja estofa que circulan hoy. Al principio, muchos tradicionalistas seguirán sin duda practicando y predicando la Abstinencia Total en el espíritu de la escuela del «Di no a las drogas». En el otro extremo, una pequeña minoría de buscadores de emociones en pos del colocón definitivo probablemente seguirá tomando crack y similares, con consecuencias previsiblemente desastrosas. La mente/cerebro humana no es capaz de sostener indefinidamente tales intensidades de placer sin mejoras de diseño sustanciales que todavía no están disponibles. Sin embargo, para millones de personas más responsables y educables en psicofarmacología, la posibilidad de vivir mejor gracias a la química resultará irresistible. Escogerán y combinarán con criterio entre una gama de elevadores del ánimo, fármacos para la inteligencia, serénicos, afrodisíacos, fármacos antienvejecimiento y otros agentes de categorías enriquecedoras de la vida aún no inventadas. Ya hay al menos algunos indicios tentativos de que la edad de piedra psicofarmacológica de la humanidad empieza a llegar a su fin.

Una clase de elevadores del ánimo atractiva para los temperamentos más prudentes serán los agentes psicoactivos con una ventana terapéutica: variantes más seguras, más potentes y mucho más gratificantes de una droga como la nicotina. Con la nicotina, el cerebro regula con gran eficacia cuánto o qué poco quiere, dentro de un margen bastante estrecho, para lograr efectos óptimos. Otras drogas de diseño aportarán beneficios que crecen con la dosis, pero con una recompensa diferida basada en la reorganización de los receptores. También parece especialmente prometedora una polifarmacia prudente en forma de agonistas e inhibidores de la recaptación de dopamina y serotonina combinados. En lugar de pasar meses en terapias de conversación exorbitantemente caras, con objetivos y beneficios mal definidos, la gente podrá recibir asesoramiento profesional especializado para personalizar y afinar la psique. Los rasgos disfuncionales de la personalidad podrán entonces recortarse a medida psicoquímicamente. La distancia entre la autoimagen idealizada y la incómoda realidad se reducirá. Como mucho en unas pocas generaciones, la función de un servicio nacional de salud podría ser mantener a la gente feliz además de sana: una distinción anacrónica que podría ir perdiendo su utilidad.

3.2 Por qué necesitamos camellos más grandes

El consumo de drogas hoy ilegales podría llamarse «presión desde abajo». La presión «desde arriba» vendrá de las gigantescas farmacéuticas que mueven miles de millones de dólares. Mientras el dogma oficial de un minimalismo terapéutico de línea dura dicte que no debe haber consumo de fármacos con aval clínico en personas «sanas», muchos fármacos realmente muy interesantes no llegarán al mercado. Por eso, mientras se mantenga la ortodoxia médico-política, los fabricantes obtendrán una gran ventaja comercial si consiguen patologizar la mayor parte posible de la vida humana cotidiana. Porque entonces podrá medicarse masivamente con fármacos patentables, preferiblemente a largo plazo. La estrecha relación de la industria con la profesión médica y su prensa especializada ayudará en general a las farmacéuticas a comunicar eficazmente sus puntos de vista. Si a afecciones mal especificadas y omnipresentes como la pérdida de memoria asociada a la edad se les concede respetabilidad diagnóstica formal, podrán combatirse después con potenciadores colinérgicos y otras formas de potenciadores cognitivos. Su uso podrá extenderse luego a la población general. Podrán usarlos, por ejemplo, estudiantes ante los exámenes o ejecutivos ambiciosos para ganar ventaja competitiva sobre sus contemporáneos sin fármacos. Y hay en desarrollo agentes mucho más emocionantes que los fármacos (no especialmente) inteligentes que se ofrecen hoy.

Hoy un número muy grande de jóvenes está, al menos en términos físicos superficiales, razonablemente en forma. Es posible que gran parte de un mercado considerable y potencialmente lucrativo se quede sin explotar. Si, en cambio, se reconociera médicamente (¡con razón!) que las rachas estadísticamente normales de ansiedad, apatía, depresión subclínica y angustia juveniles son un problema de salud colosal, tanto la industria farmacéutica como los nuevos usuarios de sus productos saldrían, cada uno a su manera, mucho mejor parados. Porque, aunque el cínico pueda albergar dudas sobre los motivos de las farmacéuticas y sus técnicas de marketing, hay que subrayar que las consecuencias reales de una medicalización progresiva de la condición humana son a menudo buenas. Por mucho que recelen muchos comentaristas de afecciones con etiquetas nuevas como la «distimia» y similares, las categorías diagnósticas de este tipo reflejan una desdicha y un malestar sumergidos a una escala no cartografiada. Esos estados merecen tratamiento incluso según los criterios mínimos, tristemente bajos, de buena salud emocional de hoy. El problema no es que estemos demasiado medicalizados, sino demasiado poco, y no muy bien.

Lo siguiente en la cola de la medicalización podría ser un síndrome hasta ahora poco reconocido, bautizado, por ejemplo, como «trastorno hipohedónico» o con algún término de gravedad igualmente solemne. Esta etiqueta podría ampliar la red diagnóstica a otro 30-40 % de la población. Todos ellos, pensarán con razón las farmacéuticas, merecen el mejor tratamiento que pueda comprar el dinero. Poco a poco, la línea de base emocional típica de la especie irá subiendo, hasta que por fin triunfe el despegue hacia un crecimiento felicífico autosostenido.

3.3 El buen código mejora

Un territorio todavía fundamentalmente poco medicalizado es el genoma humano. Hoy están clasificados varios miles de trastornos genéticos razonablemente bien definidos. Sin embargo, aparte de algunas pistas provisionales, no se ha definido como es debido la base genética de los trastornos del ánimo certificados médicamente. En cualquier caso, no tenemos genes «de» la felicidad, la ansiedad, la depresión, etc., salvo en el siguiente sentido. La presencia o ausencia de ciertos genes junto con ciertos otros genes hace estadísticamente más o menos probable que un organismo sea feliz, ansioso o depresivo en un tipo de entorno dado y en una gama de circunstancias dada. El margen estadístico de ventaja, sin embargo, no tiene por qué ser muy grande para que la selección natural se ponga a trabajar.

La selección natural no va a estar aquí mucho más tiempo. El genoma humano se habrá cartografiado en los próximos años. Harán falta varias décadas más para descubrir qué combinaciones de genes codifican estructuras y proteínas que, en igualdad de condiciones, deprimirán el ánimo y el bienestar en la infancia y en la vida posterior. Con el tiempo podrán eliminarse o reprimirse. Las que tengan múltiples efectos complejos, y no puedan suprimirse fácilmente, podrán sustituirse por alelos variantes del mismo gen cuya acción sea más benigna. A la inversa, los genes asociados a la hipertimia —es decir, la anomalía mental relativamente poco común de sentirse feliz de forma constante sin una (hipo)manía agotadora— podrán introducirse, duplicarse y expresarse vigorosamente en un número cada vez mayor de personas y en sus líneas germinales. La difusión de la hipertimia hereditaria debería anunciar una reelaboración completa del genoma. Recodificar las bases genéticas de la mente, el cuerpo y los mundos virtuales llevará quizá cientos de generaciones o más. Mucho dependerá de cuánto se tarde en curar el proceso de envejecimiento. El fin de la mortalidad obligatoria obligará a poner fin a la tradicional reproducción sin control. El rediseño del genoma será sin duda cada vez más audazmente ambicioso. Los anticuados electrodos en los centros del placer quizá resulten estéticamente desagradables. Pero son muchísimo más sencillos.

De nuevo, serán las grandes empresas, esta vez del sector biotecnológico, las que impulsen al principio la revolución psicogenética. Existe un enorme mercado potencial para sus productos. Al menos a corto plazo, habrá que afrontar verdaderos dilemas morales. No serán muy distintos de los que plantea hoy la existencia de padres fundamentalistas que niegan a su hijo una transfusión de sangre que le salvaría la vida. Los futuros padres que decidan, ya sea por deferencia a Dios o a la Naturaleza, rechazar la terapia génica para un hijo del que saben que probablemente crecerá depresivo, por ejemplo, podrían exponerse a acusaciones de maltrato infantil. Los padres responsables, en cambio, querrán conseguir para sus hijos la mejor felicidad que pueda comprar el dinero.

Relatos como este suenan inevitablemente fríos, tecnocráticos y propios de Un mundo feliz. Conviene recordar que los avances que describen deberían evitar sufrimiento a una escala que una sola mente no puede comprender; y hacer que muchísima gente esté dichosamente bien.

3.4 Los estertores del perifericismo

Otra razón para predecir la abolición de la capacidad de experiencia con carga negativa es, en apariencia, muy distinta. Nace de una especulación sobre un efecto indirecto del software de realidad virtual omnipresente, multimodal e inmersivo. Aquí se postula que esta industria potencial de billones de dólares dominará la vida social, personal, artística y económica pasados los primeros uno o dos siglos del próximo milenio.

Un supuesto de este texto ha sido que la (pos)humanidad acabará liberándose de la Tiranía del Objeto Intencional (tradicional, manipulado por los genes). Nuestros genes se han asegurado de que la emoción esté tan omnipresentemente encefalizada que nos hemos convencido de que la felicidad solo puede alcanzarse, y la frustración evitarse, persiguiendo un disparatado mosaico de contraseñas intencionales sin ningún valor intrínseco. Como consecuencia, los humanos han librado miles de guerras increíblemente crueles entre sí. En cierto sentido, toda nuestra cultura es un monumento a la estrategia perifericista, y también un anuncio muy poco convincente de ella. Una de las pocas cosas que podrían convencernos, como especie, de que el perifericismo no puede traer una felicidad duradera sería ver qué pasaría si todo en el entorno fuera exactamente como los seres humanos pudieran desear, y si se cumplieran nuestras fantasías y deseos más imposibles. Por supuesto, siempre ha sido natural suponer que esa idea era un sueño ocioso. Ni siquiera un emperador romano podía conseguir todo lo que quería.

Sin embargo, una red omnipresente de realidades virtuales permitirá a todo el mundo ver cumplidos sus objetos intencionales de deseo, y a un coste mínimo. Interactivos o solipsistas, obras maestras artísticas o cumplimiento pornográfico de deseos, una biblioteca de software de mundos virtuales en constante crecimiento permitirá que todo el mundo vea hechos realidad sus sueños.

3.5 Y, sin embargo, sigue moliendo

Eso no hará, mirabile dictu, que la mayoría de nosotros seamos mucho más felices durante mucho tiempo. La rueda de molino hedónica seguirá moliendo. Una revolución de expectativas crecientes acabará llevando a la gente a esperar, como un derecho, disfrutar y representar cualquier conjunto de percepciones y estructuras narrativas que elija. Esperará hacerlo en mundos virtuales con las leyes y las imágenes corporales que elija. A falta de una buena reparación mesolímbica, el aburrimiento, la angustia y otras negatividades latentes aflorarán periódicamente. Agriarán los idilios y utopías aparentemente perfectos. Porque, irónicamente, una migración masiva a los mundos virtuales podría llegar a representar la última juerga del perifericismo. Quizá solo el control total del propio entorno teórico baste para convencer a mucha gente de la inutilidad de la pura manipulación del entorno si entre sus metas están una felicidad y una plenitud duraderas.

Sin embargo, una unión simbiótica entre la euforia programada biológicamente y una ingeniería de software de realidad virtual madura es una perspectiva impresionantemente buena. De hecho, un híbrido así podría ofrecer una explicación, por improbable que sea, de la ausencia de señales de vida inteligente en otros lugares de la galaxia. Porque si una especie adquiere la sofisticación necesaria para generar a la carta cualquier experiencia posible, ya sea hedónica, perceptiva u otros modos de ser completamente distintos, los incentivos para elegir los tipos de experiencia incómodos que implica la exploración espacial (no virtual), etc., disminuyen bastante. De hecho, como la RV probablemente sea menos difícil de lograr que el vuelo interestelar, puede que la posibilidad misma de un vulgar salto físico de estrella en estrella nunca llegue a plantearse.

3.6 La tecnología de las utopías de saldo

Vale la pena comentar brevemente dos problemas del escenario de la RV en general. El primero es técnico. Podría alegarse que, contra lo dicho, la RV realista no llegará porque es demasiado difícil. Crear mundos virtuales interactivos en serio requeriría una potencia de procesamiento varios órdenes de magnitud más rápida que cualquiera disponible hoy. En alusión a la potencia del aparato visual humano, se ha comentado que la Realidad son 130 millones de polígonos por segundo. Salvo una revolución en la supercomputación cuántica portátil, esto es sencillamente inalcanzable por medios artificiales.

Una respuesta es citar sin más la ley de Moore: la potencia de procesamiento se ha venido duplicando aproximadamente cada dos años, y su ritmo no muestra señales de aflojar. Esto lleva a proyecciones vertiginosas. Además, 130 millones de polígonos por segundo probablemente se desperdician en mucha gente. Los tipos de escenarios de fantasía que remueven nuestras emociones más profundas, y los que supuestamente podrían hacernos más felices, son en su mayoría bastante sencillos. Tienden a apelar a apetitos relativamente primitivos en contextos donde las sutilezas visuales finamente elaboradas no son cruciales. Porque incluso en nuestras fantasías representamos parodias de la conducta que maximiza la eficacia genética.

Es cierto que los plazos que aquí se prevén para el desarrollo de los tipos más sofisticados de mundo virtual son vagos. Incluso podrían estar totalmente desencaminados. Pero las fechas, como todas las demás cronologías aproximadas que sugiere este manifiesto, no son más que un parpadeo en los ojos de la eternidad: de vital importancia para los individuos de las pocas generaciones de la época de la Transición, pero un detalle menor en la historia de la vida en la Tierra y más allá.

3.7 Vivir en el mundo real

Una segunda razón para dudar de que las realidades virtuales omnipresentes vayan a llevar algún día al fin del perifericismo es que, como su nombre indica, no son reales. Incluso en las creaciones más asombrosamente realistas faltará una sensación de autenticidad, o cualquier idea de que las propias acciones importan de verdad. Pueden ser entretenidas a veces, se dirá, pero ni siquiera las mayores obras maestras del software de realidad virtual desplazarán nunca a la Vida Real. Relacionarse con personas reales de carne y hueso, dotadas de sentimientos reales, se afirma, tendrá siempre prioridad sobre responder a fantasmas sin mente conjurados por máquinas.

Como percha de la que colgar los propios descontentos, la irrealidad de los impostores que uno podría encontrar en el paraíso virtual (o en su papel de Señor virtual de la Galaxia, Casanova del Cosmos o lo que sea) podría en efecto atemperar el disfrute. Es cierto que quienes, según los estándares actuales, tienen genes y una psicoquímica relativamente benignos quizá no se inquieten demasiado. Al fin y al cabo, cuando vemos obras de teatro o películas, o leemos un buen thriller, no suele perturbarnos la condición ficticia de los protagonistas. Muchos aficionados encuentran apasionantes durante largos ratos incluso los toscos juegos electrónicos de hoy; y cuando llegó Sonic, de Sega, recuerdo haber sentido punzadas de celos al no poder competir por la atención de la gente con un simple erizo electrónico. Además, incluso quienes no creen en las explicaciones realistas directas de la percepción rara vez parecen sucumbir a la terrible sensación de soledad y aislamiento que puede inducir la vida tras el velo.

Pero aunque cualquier malestar grave en el paraíso virtual se limite a los temperamentos angustiados, hay un límite a lo lejos que puede llegar la manipulación de tipo perceptivo. Cuando, como especie, podamos generar por medios artificiales prácticamente cualquier experiencia o escenario perceptivo de la selección finita de estados teóricamente disponibles, supongo que es posible, por poco, que lo que inocentemente se llamaba progreso se detenga en la práctica. El futuro más allá del próximo milenio podría consistir sin más en gente combinando variaciones de los mismos viejos tipos de experiencia perceptiva y seudoperceptiva. Sin ninguna prueba especialmente concluyente, sin embargo, creo más probable que queramos acceder a los modos de consciencia y explorarlos que solo son accesibles mediante reconfiguraciones más radicales de la neuroquímica, más allá de la influencia de los meros transductores superficiales. El sistema límbico será un objetivo temprano muy evidente. Y cuando la bioquímica de la crueldad impulsada por los genes se haya desentrañado y purgado de nuestras mentes, cuesta imaginar que volvamos a ponerla en su sitio.

Autor: David Pearce, The Hedonistic Imperative (1995, revisado). Traducción: Claude (Anthropic), 2026. Fuente: hedweb.com. El autor anima a difundir libremente este manifiesto.